Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
Editorial
Reformas Laborales y otras falacias
No es por capricho que ponemos en plural el título de la editorial de este número de Orto. En los últimos treinta y cinco años, en España, se han hecho nada menos que treinta y dos reformas, las cuales han tenido como principal objetivo el reducir los logros conseguidos por la clase trabajadora durante la época franquista y la Transición Política hacia una monarquía borbónica puesta a dedo por el Dictador.
Todo empezó con los Pactos de la Moncloa (1976). Pactos que supusieron la claudicación más vergonzosa de la izquierda política, todo ello en aras de conseguir unos cuantos escaños políticos en el “nuevo” Congreso de los Diputados, lugar donde se cuecen gran número de los desastres que desde entonces afectan a la sociedad en general, y a la clase trabajadora en particular.
El cambalache político tuvo su continuación, como no podía ser de otra manera, en el mundo laboral a través de las correas de transmisión de los partidos pactistas (PSOE y PCE), es decir, mediante la acción en el mundo del trabajo de las centrales sindicales de orientación socialista y comunista (UGT y CCOO). Son esas cuatro organizaciones, cada una en su parcela de actuación, las mayores responsables, y en muchos casos las únicas responsables, de la situación en que nos encontramos.
Son las únicas responsables de que la clase trabajadora esté totalmente desmovilizada. De que la Patronal haya conseguido, con paso lento pero seguro, una gran parte de lo que venía ya pidiendo desde los primeros compases de la Transición Política, ir acabando con las reglas del mercado laboral, y convertir las relaciones laborales en un coto privado suyo. Es responsabilidad suya de que el peso de la recaudación fiscal recaiga en los asalariados y no en las rentas del Capital. Han consentido, por intereses partidistas y personales, que la derecha se haya hecho con la orientación ideológica de la ciudadanía, por dejación de una postura firme en defensa de los intereses de los más necesitados. Han permitido que el Neoliberalismo acampe a sus anchas por todos los ámbitos de la sociedad: educación, economía, actividades sociales, relaciones laborales, etc. Su máximo interés ha estado puesto en conseguir mantenerse en el poder político y en las poltronas sindicales. Se han alejado de las verdaderas necesidades de la clase trabajadora, y ésta les ha dado la espalda, consiguiendo con esta postura que no haya una adecuada respuesta a los atropellos, cada vez mayores, que el Capitalismo, en su versión más criminal, estén cometiendo contra los más débiles de esta sociedad sumisa y desamparada.
Es mentira que la culpa de todo lo tenga la derecha opusdeísta y cavernícola encarnada en el Partido Popular. La tragedia se empieza a fraguar cuando los sindicatos firman acuerdos que dan un golpe mortal a la capacidad de lucha que aún mantenía, aunque ya muy debilitada, la clase trabajadora a lo largo del final de la dictadura franquista y principios de la Transición Política. Sólo en contadas ocasiones el Gobierno de turno ha intervenido en las relaciones laborales, por Real Decreto. Eso quiere decir que en los demás casos, su inmensa mayoría, han sido los sindicatos que ahora ponen el grito en cielo, los que han ido pactando todas las reformas que han desembocado en la dramática situación actual.
Ya lo decíamos en la anterior editorial, la derecha, que con toda seguridad iba a conseguir el poder, entraría como elefante en una cacharrería y se llevaría por delante la casi totalidad de los pocos derechos que aún le quedaba al mundo laboral, lo poquito que había quedado después de treinta años de pactos contra la clase trabajadora, perpetrados con alevosía y nocturnidad por quienes tenían que haber sido sus defensores y no sus verdugos. Que nadie se lleve a engaño, esto que está pasando no es una tormenta de verano, esto que está sucediendo es la consecuencia lógica de una larga lista de traiciones cometidas por las dos organizaciones que se autodenominan mayoritarias, y que tuvo su momento de arranque con la firma del Estatuto de los Trabajadores por parte de la Unión General de Trabajadores, con la aquiescencia del otro sindicato, Comisiones Obreras, que se lavó las manos como Pilatos, y que no planteó nunca una verdadera oposición al brutal atropello que significaba la entrada en vigor del gran pacto contra los intereses de la clase trabajadora.
Los que ahora se llevan las manos a la cabeza, cuando el neoliberalismo financiero enseña sus verdaderas garras de animal insaciable, esos que sólo han sabido vivir de los presupuestos del estado, han de saber que ellos han sido y son una pieza fundamental de la locomotora que está llevando al mundo del trabajo por una vía que conduce a una catástrofe social sin precedentes.
Con la llegada al Gobierno Central de quienes han tenido el apoyo económico y mediático de la Banca, la Iglesia y demás poderes fácticos, la Patronal ha visto el momento propicio para dar un golpe de muerte a casi todos los derechos que aún tenía el mundo del trabajo. Es verdad, aún quedan algunas cosas por liquidar. La patronal es insaciable en sus demandas, así que en su segunda acometida terminará por conseguir sus propósitos. No les importa que la sociedad vuelva a una situación de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: donde las relaciones entre el trabajo y el capital se regían sólo por los intereses de una de las partes, es decir, por lo que le convenía al patrón.
¿Pero en que se han apoyado los gobiernos anteriores, y éste, para hacer creer que las Reformas Laborales son necesarias para salir de las crisis que se han producido a lo largo de estas tres últimas décadas? Simplemente es una lista de mentiras que se repetían una y mil veces en los medios de comunicación de masas (prensa, radio, tv), hasta hacernos creer que no había otra solución que la que ellos proponían.
¿Cuáles son esas mentiras relacionadas con la última Reforma Laboral? Primera: es mentira que la reforma se hace para crear empleo. Todas las reformas se han hecho para quitar derechos a los trabajadores y trabajadoras. Segunda: la indemnización por despido no baja de 45 a 33 días por año trabajado, sino a 20 días, ya que a partir de ahora todos los despidos serán “procedentes”. Tercera: esta reforma no garantiza la seguridad de los trabajadores ya que la reforma legaliza el mobbing. El empresario puede cambiar de manera unilateral las funciones y el horario. Cuarta: la reforma sí va a tener efectos retroactivos, ya que las nuevas condiciones laborales afectan a los nuevos contratados, pero también a los antiguos. Quinta: la gran mentira se produjo cuando, en la campaña electoral del pasado mes de noviembre, los líderes de la Oposición, Rajoy, Montoro, Báñez, Sáenz de Santamaría, Pons, y un largo etcétera, decían que “lo que necesitaba España no era facilitar el despido, sino fomentar la contratación”. Ni ésta ni ninguna reforma ha fomentado el empleo, pero lo que sí ha hecho ésta última es facilitar el despido de manera avasalladora, ya que el aumento del paro es constante.
Además de las falacias enumeradas anteriormente hay otras que son de más amplio calado, el cual afecta a la misma base del sistema que nos gobierna. Esos grandes engaños, fraudes o falsedades sobre los que han montado el entramado ideológico para convencer a la ciudadanía de que no hay otro camino posible para salir de la “crisis”, tiene su base en afirmaciones como: los “mercados” piden cambios radicales tanto del mercado de trabajo como de los gastos de los gobiernos, no se puede gastar más de lo que se recauda, los políticos y la Política nada pueden hacer ante tal situación económica, y así hasta la gran falacia neoliberal: Hay que hacer recortes, hay que meter mano al precario estado de “bienestar” de algunos países.
¿Y todo ello para qué? Pues la respuesta es muy sencilla, y a la vez muy fácil de entender. Para que los de siempre continúen teniendo los mismos beneficios, y a ser posible más que antes, a costa de empobrecer a la inmensa mayoría de la población. Salir de la crisis, sí, pero sin tocar los muchos privilegios que han ido acumulando los verdaderos beneficiarios de este sistema capitalista. Como dicen algunos, esto no es crisis, se llama capitalismo neoliberal y salvaje. Todo lo demás son disfraces carnavalescos para encubrir el verdadero motivo de lo que está ocurriendo. Los que han creado la crisis se van de rositas, y de paso si pueden se llevan una buena tajada del pastel que genera el trabajo diario de millones de trabajadoras y trabajadores de los diversos países, entre ellos el nuestro. Si no es ese el verdadero motivo, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis hay empresas de diversa índole que están teniendo unos beneficios de más del diez por ciento, y estén despidiendo personal a costa del erario público.
Se dice que no hay dinero, pero no dicen que la renta de capital cada vez contribuye menos al sostenimiento de los gastos del Estado. Cada vez más se persigue menos el fraude fiscal. Y nos preguntamos: ¿Dónde van a parar esos más de cien mil millones de euros de fraude fiscal? ¿Por qué las grandes fortunas pagan proporcionalmente un dos mil por cien menos que los que trabajan por cuenta ajena? Para terminar, decir que es de ahí, y no a golpe de recortes sociales, de donde hay que sacar el dinero para que haya una educación y una sanidad digna, además de que llegue para otros servicios comunitarios que contribuyan a hacer que la vida sea más llevadera y más digna. Frente a ello, sólo queda una sola alternativa: la lucha diaria contra este sistema carcomido por el dinero y por la más nauseabunda corrupción política y económica.
